Calidades. Estuve en El Espigón por pura casualidad. Buscábamos un restaurante que conocíamos de otra visita a Madrid y resultó que había desaparecido. Nos lo pensamos bastante porque no estaba en nuestro ánimo de ese día una comida de lujo, cara, excepcional. Sin embargo al fin rompimos dudas y nos hicimos a la mar. De mar se trata. Tomamos unas almejas de Carril inmensas, tersas, jugosas que han pasado ya a nuestro álbum de recuerdos imborrables. Pero lo verdaderamente ejemplar resultó ser lo importante, lo difícil: darle al pescado ese punto inaprensible que, como decía Josep Pla, está justo entre el pescado crudo y el pescado demasiado hecho. Mi esposa tomó corvina; yo, mero. Emocionante. Y caro, eso sin duda. Pero a estas alturas, tantas veces vilmente asesinado en locales de medio pelo con ínfulas, del precio me olvido enseguida. De la calidad, sin embargo, no. |